El día en que decidí recorrer la senda del río estaba muy húmedo. En la entrada del camino los pies se me hundían en el pasto como si se tratara de una esponjosa alfombra. Me aventuré por el sinuoso y espeso bosque, donde los mismos arbustos y árboles iban guiando mi camino. A mi derecha, el ruido del agua que me acompañaba por todo elcamino que va rodeando el río en todo su largo. La humedad se sentía bajo mis pies, así como en las hojas y las copas de los árboles más altos, mientras que el fuerte aroma de los troncos mojados penetraba en mis narices. De pronto, el camino se abrió en un claro de Arrayanes milenarios, un escenario perfecto para sentarse a escuchar los sonidos de la tierra. Allí la naturaleza se presenta con toda su fuerza en los troncos de tonos furiosos, donde sus ramas van abriéndose hacia el cielo y se entrelazan en un techo de vivos colores. En él, se mecen cientos depájaros que me avisaban de su presencia con sus cantos juguetones. Se dejaba escuchar el canto amenazador de un Rayadito, y la canción de un Martín Pescador mientras sobrevolaba la senda justo donde yo me encontraba. Hasta hoy puedo recordar con total precisión los sonidos, el aroma y los colores de aquella senda que alberga el alma de la naturaleza, donde ingresas como un humilde y sutil espectador, insignificante ante la majestuosidad de los árboles milenarios, ajeno a la simpleza y sofisticación de las aves de la Patagonia, como un ente aparte que es acogido como parte de un todo universal, que a fin de cuentas es de donde venimos. Una experiencia más allá de los sentidos.
Posted by: Cristián Calvo | December 3, 2010
Senda del río
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